miércoles, 18 de noviembre de 2015

New York, New York!

    Las calles de Manhattan me sorprendieron tanto como imaginé que me sorprenderían. Tan grandes, inacabables, con paredes altas por todas partes. En efecto, los edificios era  tan altos como siempre nos cuentan las historias hollywoodienses. Las avenidas eran amarillas prácticamente y sus carteles verdes, llenos de números me hicieron recordar mis noches de sueños visitando esa ciudad. Oriol y Abel maravillados, igual que papá y yo, hacían fotos sin parar, sonriendo por la inesperada pero soñada aventura.
    Antes de llegar a la Quinta Avenida, pasamos por una calle llena de hamburgueserías, aunque no se diferenciaba por esa característica de las demás calles por las que íbamos pasando. Lo que nos llamó la atención y a día de hoy seguimos recordando, fue una cosa totalmente extraña para nosotros pero que ellos parecían tener asumida y aceptada. Se trataba de un agujero en el suelo, en la calzada, entre los dos carriles por donde los coches transitaban, del que salía una gran columna de humo gris oscuro casi negro. Nos pareció sorprendente puesto a que ese humo se colaba por toda la calle, donde todos los transeúntes podíamos respirarlo y el cual no tenía pinta de ser muy benigno. El taxista, un hombre de origen pakistaní, nos dijo que provenía de los comercios, sobretodo de los restaurantes. Por lo visto la salida de humos de las cocinas, era subterránea, y evidentemente, ese desecho debía de salir por algún lugar. ¡Bravo por el magnífico alcalde de Nueva York que decidió colocar esas chimeneas de humo de hot dog en medio de la calle! Pensé que debía de ser maravilloso ser una neoyorkina que pasea por las calles de su ciudad y que sabe que su pelo recién lavado va a quedar impregnado de olor tal vez a hamburguesa mixta con queso, pepinillos y mostaza o a fideos tres delicias cocinado en aquellos restaurantes chinos abarrotados de dragones dorados y de mensajes de menús combinados con los que atraer a los hambrientos turistas, o una mezcla de todas las comidas a la vez.
    Seguimos avanzando en ese taxi negro. No, no era amarillo. Éste aún no. Era un taxi del hotel del aeropuerto donde nos hospedábamos. Un coche muy grande y confortable desde donde unos minutos antes empezamos a ver los primeros rascacielos del skyline neoyorkino, con la puesta del sol por detrás, como si de una postal se tratase. Nos dirigíamos al puente de Brooklin, puesto que el hotel se encontraba en el distrito de Queens. No cabe duda de que nuestro dedo índice quedó agotado en ese momento puesto a que hicimos tantas fotografías como pudimos del paisaje. En un principio no conseguimos ver el Empire State y, os parecerá una tontería, pero se notaba que faltaba algo en aquella silueta urbana. Unos minutos más tarde allí estaba, con su afilada punta, gobernando la ciudad. Tan majestuoso como en las películas lo muestra.

TO BE CONTINUED...