Las calles de
Manhattan me sorprendieron tanto como imaginé que me sorprenderían. Tan
grandes, inacabables, con paredes altas por todas partes. En efecto, los
edificios era tan altos como siempre nos
cuentan las historias hollywoodienses. Las avenidas eran amarillas
prácticamente y sus carteles verdes, llenos de números me hicieron recordar mis
noches de sueños visitando esa ciudad. Oriol y Abel maravillados, igual que papá
y yo, hacían fotos sin parar, sonriendo por la inesperada pero soñada aventura.
Antes de llegar a la Quinta Avenida, pasamos
por una calle llena de hamburgueserías, aunque no se diferenciaba por esa
característica de las demás calles por las que íbamos pasando. Lo que nos llamó
la atención y a día de hoy seguimos recordando, fue una cosa totalmente extraña
para nosotros pero que ellos parecían tener asumida y aceptada. Se trataba de
un agujero en el suelo, en la calzada, entre los dos carriles por donde los
coches transitaban, del que salía una gran columna de humo gris oscuro casi negro.
Nos pareció sorprendente puesto a que ese humo se colaba por toda la calle,
donde todos los transeúntes podíamos respirarlo y el cual no tenía pinta de ser
muy benigno. El taxista, un hombre de origen pakistaní, nos dijo que provenía
de los comercios, sobretodo de los restaurantes. Por lo visto la salida de
humos de las cocinas, era subterránea, y evidentemente, ese desecho debía de
salir por algún lugar. ¡Bravo por el magnífico alcalde de Nueva York que
decidió colocar esas chimeneas de humo de hot
dog en medio de la calle! Pensé que debía de ser maravilloso ser una
neoyorkina que pasea por las calles de su ciudad y que sabe que su pelo recién
lavado va a quedar impregnado de olor tal vez a hamburguesa mixta con queso,
pepinillos y mostaza o a fideos tres delicias cocinado en aquellos restaurantes
chinos abarrotados de dragones dorados y de mensajes de menús combinados con
los que atraer a los hambrientos turistas, o una mezcla de todas las comidas a
la vez.
Seguimos
avanzando en ese taxi negro. No, no era amarillo. Éste aún no. Era un taxi del
hotel del aeropuerto donde nos hospedábamos. Un coche muy grande y confortable
desde donde unos minutos antes empezamos a ver los primeros rascacielos del
skyline neoyorkino, con la puesta del sol por detrás, como si de una postal se
tratase. Nos dirigíamos al puente de Brooklin, puesto que el hotel se
encontraba en el distrito de Queens. No cabe duda de que nuestro dedo índice
quedó agotado en ese momento puesto a que hicimos tantas fotografías como pudimos
del paisaje. En un principio no conseguimos ver el Empire State y, os
parecerá una tontería, pero se notaba que faltaba algo en aquella silueta
urbana. Unos minutos más tarde allí estaba, con su afilada punta, gobernando la
ciudad. Tan majestuoso como en las películas lo muestra.TO BE CONTINUED...
